Hagámos cesar las guerras hasta el confín de la tierra

martes, 24 de mayo de 2022

La lectura del Salmo 46 nos encuentra en una coyuntura mundial exacerbada por la guerra entre Rusia y Ucrania. Este encuentro es revelador al menos en un sentido: la guerra es un mal social que nace en cada período de la historia.

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Venid, ved las obras de Jehová,
Que ha puesto asolamientos en la tierra.
Que hace cesar las guerras hasta los fines de la tierra.
Que quiebra el arco, corta la lanza,
Y quema los carros en el fuego (Salmos 46.8-9) 

Hagámos cesar las guerras hasta el confín de la tierra
 
 
La lectura del Salmo 46 nos encuentra en una coyuntura mundial exacerbada por la guerra entre Rusia y Ucrania. Este encuentro es revelador al menos en un sentido: la guerra es un mal social que nace en cada período de la historia. 

En Salmos 46.9 se retrata la experiencia de Israel en medio de una cultura de guerra. Basta sólo dar una mirada rápida a las páginas de la Biblia para encontrar la presencia permanente de la violencia militar entre pueblos: Génesis 14 cuenta la guerra que involucra, entre otros, a los reyes de Sodoma y Gomorra; Éxodo 17 narra la guerra entre Amalec e Israel, y Jueces 20 menciona el conflicto interno entre Benjamín y las tribus de Israel. El Reino del Norte es destruido por la invasión militar de Asiria en el 721-722, y Judá observa desde el 601 al 582 las diversas incursiones bélicas de los babilonios en su territorio. Marcos 13, en su imaginario escatológico, evidencia la angustia generada por la primera guerra judía, dónde Roma destruye el templo de Jerusalén junto a una gran cantidad de población de la ciudad. 

Esta mirada rápida a los textos de la Biblia explica el contenido del salmo: Yahvé es el Dios que “hace cesar las guerras hasta los fines de la tierra”. El clamor de Israel, víctima de los poderes bélicos vecinos a lo largo de su historia, evoca la esperanza de toda persona que experimenta la ‘bestia’ de la guerra: el pueblo afirma, en una frase que es anhelo de lo que se tiene al mismo tiempo que convicción de lo que se espera, que llegará el día en que la guerra será sólo un mal recuerdo. 

Is. 14, donde se celebra la caída del rey babilónico, denunciado como aquel quien “hería a los pueblos con furor” y se “enseñoreaba de las naciones con ira y crueldad”, ejemplifica la razón de cantar a Dios como el pacificador de la historia. 

En América Latina, este “monstruo grande que pisa fuerte”, según el popular canto de Mercedes Sosa, es de sobra conocido. En el conflicto de 30 años en Guatemala los números oficiales hablan de 200 mil muertos, incluyendo una acusación de genocidio, mientras que en El Salvador se cuentan 75 mil víctimas oficiales. Estos conflictos terminaron hace escasos 20 años, pero la memoria de horror y sufrimiento sigue siendo una huella imborrable en nuestra región. Así como el salmo, el pueblo latinoamericano también ha expresado su fe en el fin de la guerra, en una realidad donde la paz sea el pan de cada día. El poeta colombiano Jotamario Arbelaez, que ha visto cómo su país se desangra con la guerra más larga del continente (más de 50 años), expresa: 

 
“si hay guerra
si después de la guerra hay un día
te tomaré en mis brazos
un día después de la guerra

si hay guerra
si después de la guerra hay un día
si después de la guerra tengo brazos
te haré con amor el amor
un día después de la guerra

si hay guerra
si después de la guerra hay un día
si después de la guerra hay amor
y si hay con qué hacer el amor” (Un día después de la guerra)[1].  
 
Salmos 46 evidencia la relación entre fe religiosa y anhelo de una tierra de paz. Esta convicción tiene el potencial de convertirse en horizonte utópico, que lleve no sólo a echar raíces en los corazones de las personas, sino también en la construcción de nuestras sociedades. La justicia eficaz y efectiva, la distribución de la riqueza, la negación al ejercicio de la violencia, la garantía de los derechos para todas las personas, serán los caminos únicos para encontrar la paz. Ya lo dice el viejo grito: ‘no puede haber paz si no hay justicia’. Mientras este mundo se construye, con el llamado a las personas creyentes de participar activamente en ese proyecto, podemos cantar con el poema de Jorge Debravo, quien con sus grandes, tiernas manos: 
 
Cogería las guerras de la punta
Y no dejaría una en el paisaje
Y abriría la tierra para todos
Como si fuera el aire
Que el aire no es de nadie, nadie, nadie
Y cada quien tiene su parcela de aire[2].

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