Situación Política en Bolivia

miércoles, 08 de abril de 2020

Si un grupo político logra unir en su discurso lo religioso y su postura política, será capaz de remodelar la subjetividad de las personas generando un ambiente de moralidad que incluye en muchos casos, una actitud acrítica de parte de sus seguidores y con el riesgo de manifestaciones explícitas que dividen a las personas entre malos y buenos, corruptos y virtuosos, libres y esclavos, adoradores de dios e idólatras, justos e injustos, y en el peor de los casos con el derecho a violentar a quienes no entran en su línea ideológica.

Si un grupo político logra unir en su discurso lo religioso y su postura política, será capaz de remodelar la subjetividad de las personas generando un ambiente de moralidad que incluye en muchos casos, una actitud acrítica de parte de sus seguidores y con el riesgo de manifestaciones explícitas que dividen a las personas entre malos y buenos, corruptos y virtuosos, libres y esclavos, adoradores de dios e idólatras, justos e injustos, y en el peor de los casos con el derecho a violentar a quienes no entran en su línea ideológica.

Este es un matiz que se vive hoy en varios países de América Latina donde las metáforas y los símbolos religiosos se integran a los discursos políticos para generar una especie de éxtasis de triunfo.

Sin duda es un ‘fenómeno’ amplia y pacientemente preparado porque, como sabemos, en cuestiones políticas, nada se da por casualidad. Como no fue casual que Jesús, cuando ya estaba por terminar su largo discurso en el monte añadió una importante afirmación al referirse a aquellos que siendo lobos rapaces, se disfrazan de ovejas: “por sus frutos los conocerán” (Mt 7, 16).

En muchos de los episodios políticos que estamos viviendo en Latinoamérica, la gran parte de la ciudadanía, que se define como creyente, ‘cree’ que la justicia, no sólo humana sino divina está imponiéndose, como sucedió en el caso boliviano. Los hechos que sucedieron a partir del 20 de octubre de 2019, fecha donde se realizaron las elecciones presidenciales y donde poco después se visualizaba  el fraude electoral, tienen una complejidad nada fácil de sintetizar, pero es evidente que entre estos sucesos empezó a perfilarse abiertamente el consumo religioso donde el ideal de ‘liberación’ y la propuesta del ‘retorno de la biblia/dios al Palacio de Gobierno’ se convirtieron en proclamas que, aunque se declaraban religiosas, estuvieron llenas de revancha sociopolítica, de rechazo a lo culturalmente establecido por el largo mandato de Evo Morales (catorce años) y la crítica a la corrupta forma de proceder de su gobierno.

La persona que acuñó la frase “dios volverá al Palacio”, fue Fernando Camacho, un empresario de Santa Cruz –ciudad que mueve los hilos económicos del país-, que fue parte de la agrupación de ultraderecha “Unión juvenil cruceñista” y hasta hace poco presidente del “Comité Cívico pro Santa Cruz”. Este personaje, en aquella coyuntura asumió el liderazgo para “liberar a Bolivia de la dictadura” y en cada intervención fue añadiendo símbolos religiosos a su discurso que, entre otras cosas, luego de viralizar la frase que movilizó a una significativa parte de la población boliviana creyente, especialmente en el espacio urbano, añadió a su figura el crucifijo, sus guardaespaldas tenían rosarios en el cuello, se veían imágenes de algún sacerdote católico, como a pastores evangélicos bendiciéndolo, agregó también la biblia en su discurso, no para hablar de su contenido sino para mostrarla, a su lado pusieron una imagen de María y pedía que la gente se pusiera de rodillas para orar por la pronta renuncia de Evo Morales. Esa simbología generó en miles de cristianos, tanto evangélicos como católicos, la doble creencia de que lo justo, lo bueno, la libertad y la democracia estaban ausentes del país y que por lo tanto, con todas esas acciones retornarían a Bolivia.

Retomando la frase “por sus frutos los conocerán”, y continuando con el caso boliviano, extraña justicia se dio, porque luego de la renuncia de Evo Morales se avecinó el “ojo por ojo” del Antiguo Testamento. A los pocos días de que el expresidente saliera del país, otra gran cantidad de ciudadanos bolivianos llenaron las calles, esta vez indígenas, campesinos y mestizos, pero a la par salieron los tanques militares y policías. Con el nuevo gobierno de transición se empezó a ‘resguardar el orden’, la convulsión social y el derecho a la protesta se convirtió en sedición y terrorismo, se estableció un Decreto Supremo para pacificar al país donde se eximía de responsabilidad penal a las Fuerzas Armadas. Decreto que fue derogado luego de que en diferentes puntos de Bolivia, en enfrentamientos entre civiles y ‘fuerzas del orden’ murieron más de treinta  personas, los heridos superaron el centenar y los detenidos continúan sumando.

Y “dios retornó al Palacio de Gobierno”, pero no fue el Dios de Jesús porque los frutos están negando la postura kerigmática del hombre de Nazaret, porque es un dios que avala el poder autoritario y se afianza en él. Es el ídolo que tiene la necesidad de jerarquizar y dominar. Es la postura peligrosamente conservadora que asume una moralidad que acentúa la exclusión y una ‘ética de las relaciones internacionales’  que abre sus fronteras a aquellas naciones que mantienen posturas y acciones patentemente injustas como Estados Unidos e Israel.

En Brasil, con Bolsonaro, en Costa Rica con el pastor Ronny Chaves Jr. y hoy en Bolivia con una mezcla de líderes con denarios en sus manos y crucifijos en sus escritorios, nos encontramos a un dios a la medida de la contienda política y hecho a imagen y semejanza de quien gobierna en la parte norte de este continente.

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