Entre enfermedad, dinero y fe: Meditando en la mujer hemorroísa y las personas enfermas por injusticia

viernes, 15 de enero de 2021

La abuela fue llevada a la sala de un centro de atención médica, antes de cualquier tratamiento le fue extendida una factura por su estadía en la sala del lugar (…) Esa es la radiografía de la desigualdad social en la que vivimos, y la lamentable comercialización de la vida y de la salud de las personas. Pero también es la radiografía de la crisis ética que la profesionalidad contemporánea vive. En definitiva, el capital económico define si una persona es digna de una atención médica de calidad o no. Asimismo, se define quien puede seguir viviendo y quien no. Si pensábamos que “jugar a ser dioses” era una referencia a la genética y clonación humana en países desarrollados, con esto, sabemos que se juega ser dioses acá entre chapines.

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Un momento de meditación en el pasaje bíblico de Marcos 5:25-34 referente a la mujer del flujo de sangre (hemorroísa) que fue sanada por Jesús, nos provoca muchos sentimientos. Especialmente en el asombro por las acciones de Jesucristo. Es una historia de milagros, en el contexto narrativo del evangelio, en donde se distingue un sujeto sufriente (que luego se torna heroína), una ayudante del sujeto (Jesucristo), un objeto (la enfermedad) y una serie de oponentes (cultura, pobreza, médicos). 

En suma, es la lamentable historia de una mujer enferma a quien el evangelista Marcos no le reconoce ningún nombre. Esta no encuentra una solución a su necesidad, aunque la ha buscado durante doce largos años. Y en el desenlace de la historia, usando su fe y un código muy particular de contacto, la mujer alcanza el beneficio de la sanidad cuando acude a Jesucristo. Se concluye que “la mujer” resulta siendo “la hija”; la atribulada recibe paz, la enferma recibe sanidad. Hay mucho que pensar en torno a las acciones de cada actante de esta historia.

Acá deseo hacer énfasis en uno de los oponentes de la mujer enferma, sin afán de profundización exegética en ese breve espacio. Específicamente el énfasis sobre la acción de los médicos, a la luz del versículo 26: “y había gastado en médicos todo el dinero que tenía, pero ellos no habían podido sanarla; al contrario, le habían causado más daño, y cada día se ponía más enferma”. Doce terribles años, desgastándose poco a poco, en su salud pero también en su condición general.
El propósito no es recrudecer aquella tensión añeja entre la fe y la ciencia, o entre la fe y la medicina cual si fuera el siglo XV. Tampoco Jesús tiene una denuncia contra quienes ejercen esa loable labor. Pero sí hacer una lectura ética de esta narrativa que puede encontrar parangón en nuestro tiempo. 

Era el caso de la mujer hemorroísa, víctima de una enfermedad prolongada que no nos queda del todo clara, hemorragia uterina crónica dice alguien. Pero también víctima de los estigmas sociales y religiosos que sobre ella, por ser mujer y en constante contacto con la sangre, se le atribuían. Sobre todo esto, una lamentable experiencia con quienes se suponía podían ayudarle: los médicos. En ellos había gastado todo el dinero que tenía, no había tenido resultados positivos, pero sí le habían causado más daño. ¿Qué criterios tuvo el evangelista para calificar esta intervención? No lo sabemos.

Nuria Calduch en su libro “El perfume del evangelio, Jesús se encuentra con las mujeres” refiere ese encuentro de la mujer hemorroísa con Jesús, pero también con los médicos. Marcos, indica, da un trato bastante benevolente a estos médicos incompetentes. Indica que los médicos o sanadores profesionales daban sus servicios a familias pudientes, en contraste con los sanadores populares que ejercían en las esferas más bajas de la sociedad. A estos últimos, dice, pertenecía Jesús.[1]

La situación de insalubridad en aquel entonces era muy deplorable, Edwin Mora refiere que “El ambiente de contradicciones sociales, violencia y pobreza en el que Jesús desarrolló su ministerio, generó el incremento de la enfermedad en las mayorías empobrecidas. Las enfermedades a las que se enfrenta Jesús no eran solo físicas, sino también emocionales o mentales”.[2]Ante tal situación, se suponía que cada ciudad debía tener su propio médico y que le fuesen reconocidos sus honorarios por parte de la persona enferma. En el caso de los médicos griegos, se desarrollaron siguiendo la enseñanza de Hipócrates. Pronunciaban un juramento de que pondrían en primer lugar la vida del paciente, entre otras cosas.

Mas la mujer de nuestro relato no tuvo una buena experiencia con ellos. El evangelista mediatiza la relación mujer-médicos usando el vínculo “dinero”. Lo que es más lamentable “le habían causado más daño” o “le iba peor”. Quién sabe cuánto representaba para un médico tratar con la enfermedad de una mujer “impura”; y qué predisposiciones despertaba en él la espiritualización del estado de dicha mujer. Lo cierto es que la única parte beneficiada en esta relación fueron los médicos. El relato sugiere que al estado crítico de la salud de la mujer subyace una “enfermedad por injusticia”. Es decir, que el actuar injusto de otros, socaba el bienestar de aquella.

“No son dioses, por supuesto”, sólo médicos, limitados en muchos aspectos y carentes de muchos avances que hoy nos son tan comunes. El punto es que son referidos como “oponentes” del anhelado estado de bienestar de la mujer. Y no escandalizaría tanto si no fuera porque se puntualiza que dejaron a la mujer en la pobreza, en un estado peor que el que la encontraron. Por supuesto que esta puede ser una excepción a la regla, usando un poco el beneficio de la duda.

De pronto estamos frente a un problema ético que atañe a toda persona que en determinado momento ostenta una posición de poder o en cierta ventaja sobre sus semejantes. Especialmente cuando la fe y la esperanza se pone en las capacidades de alguien, aunque realmente no se tenga ninguna garantía de su calidad moral o su compromiso ético. Permítanme tejer los hilos de esta historia con algunos hilos de nuestro contexto: enfermedad, dinero y fe.

Los problemas de salud que en el tiempo presente enfrenta el pueblo guatemalteco ha dado paso a un drama que, para variar, se llora entre quienes tiene menos posibilidades económicas. El sistema de salud en nuestro país es deficiente, insuficiente e inexistente en muchos lugares. Es el ambiente propicio para que la industria, el mercado y el colegiado relacionado con la medicina encuentre un nicho venturoso. Afortunadamente no es posible generalizar esta aseveración, pues existen instituciones y profesionales comprometidos con el ideal hipocrático. Aquellos y aquellas que han asumido el desafío de luchar por la gente desde la primera línea.

Pero tengo en mente casos que he tratado de acompañar pastoralmente y que han chocado con el inhumano muro del alto costo de los servicios médicos y los medicamentos. En plena pandemia por el Coronavirus, entre la prevención y el tratamiento, la gente, aquellas personas que no saben de un seguro médico o algo por el estilo, resultan asumiendo que la salud “es un lujo que no pueden pagar”. Es el caso de la mayoría de la población guatemalteca “enferma por injusticia”.

El padre de familia enfermó y su familia pensó en llevarlo a un sanatorio, pero lo primero que les dijeron fue: “necesitan un depósito de Q50 mil para poder ingresar a su enfermo”. La abuela fue llevada a la sala de un centro de atención médica, antes de cualquier tratamiento le fue extendida una factura por su estadía en la sala del lugar. Otra persona enfermó y al acudir a un profesional de la medicina, le aseguró que necesitaba un tratamiento y una operación “urgente” valorada en miles de quetzales. Luego se supo que lo “urgente” era un procedimiento inadecuado, riesgosísimo para la persona. Así, se ha descubierto excesos en los cobros de clínicas privadas, cobrando Q1,087.50 por un medicamento que podría costar Q34.[3] Eso es injusto.

Es la radiografía de la desigualdad social en la que vivimos, y la lamentable comercialización de la vida y de la salud de las personas. Pero también es la radiografía de la crisis ética que la profesionalidad contemporánea vive. En definitiva, el capital económico define si una persona es digna de una atención médica de calidad o no. Asimismo, se define quien puede seguir viviendo y quien no. Si pensábamos que “jugar a ser dioses” era una referencia a la genética y clonación humana en países desarrollados, con esto, sabemos que se juega ser dioses acá entre chapines.

Al recordar el amargo encuentro de aquella mujer hemorroísa con sus médicos, traemos a la memoria nombres concretos de mujeres, hombres y niños a los que se les ha pedido “todo lo que tienen, y hasta lo que nunca han tenido”. En el mejor de los casos, espero que hayan obtenido una mejoría en su salud. Pero también recordamos a aquellos y aquellas que, al reconocer su impotencia ante las demandas médicas, se resignan a ser sus propios médicos o a esperar “en la voluntad de Dios”. Cuando en realidad esa voluntad implica que los dones y aptitudes de cada persona sea puesta al servicio de las demás. Es lo que nos hace humanos y humanas.  

Esta es una de las razones por las que la fe de las personas se aviva con tanta fuerza. Se les puede señalar de ingenuidad, pero sólo ellos y ellas saben lo que es ser abortado por la sociedad y el sistema al cual suponían que pertenecían. Sólo ellas y ellos saben lo que es asimilar que “su vida no es importante si no tiene suficiente dinero”. Fueron importantes tal vez cuando producían y aportaron para el país, pero ahora son desechables. Entonces, como la hemorroísa, su fe en Jesús es su única esperanza. Saben que ella, junto a otros y otras que han tenido la misma suerte, recuperarán la vida que otros denigraron.

“Tu fe te ha salvado…” (v.34), la intervención de Jesús para con la mujer del relato evidencia su posición con respecto a quien sufre el dolor propio y el infligido por sus semejantes. No reclama protagonismo, pero reconoce el transitar de aquella por ese camino tortuoso de la fe. Ahora es salva y sana, en el sentido amplio de la palabra. Ella es hija, una profetisa de la fe, que grita desde su silencio que hay otra manera de cómo las cosas deben ser. Que la vida no tiene precio, ni es mercancía para nadie, es el don más valioso que el Creador nos ha dado a cultivar.

Finalmente, de paso por el camino tortuoso de la salud y el bienestar, aún queda la fe en Jesús. Sin pretender alienación alguna, esa fe similar a la de la mujer que estuvo enferma, nos invita a esperar en la bondad y la justicia de Dios.  Albert Nolan nos recuerda que los milagros no están ajenos de nosotros y nosotras “si tenemos ojos para verlos”. Y que si no somos capaces de asombrarnos y maravillarnos más que cuando se contradicen las llamadas leyes de la naturaleza, entonces realmente nos hallamos en una situación bien triste.[4]

Que las personas enfermas, sin tener posibilidades en el presente, vayan en paz; que queden sanas de sus azotes. Y si nos alcanza para contribuir con ello, es una magnífica oportunidad para hacerlo. En aquel entonces la mujer tocó el manto de Jesús; estos y estas hoy pueden estar tocando a nuestra humanidad, nuestra solidaridad. Si respondemos, ¿saben qué dirá esa gente? ¡Gracias a Dios! y otra vez se repetirá un milagro.
 
 
[1] Nuria Calduch-Benages, El perfume del Evangelio, Jesús se encuentra con las mujeres. España, Editorial Verbo Divino, 2008. Pg.21
[2] Edwin Mora Guevara, Violencia contra las personas sufrientes: el caso de quienes padecían enfermedad en tiempos de Jesús, Abordaje desde la espiritualidad cristiana. Disponible en
https://pdfs.semanticscholar.org/1b64/a839025f40219811cacf7d807eeac14c8e66.pdf
[3] Angélica Medinilla, Diaco recibe denuncias por cobros excesivos en clínicas privadas. Disponible en https://www.soy502.com/articulo/diaco-recibe-denuncias-cobros-excesivos-clinicas-privadas-101025
[4] Albert Nolan. Jesús antes del cristianismo: ¿Quién es este hombre? Quito: Vicaría del Sur de Quito, 1994. p. 47.

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