En el marco del 25N, fecha en la que visibilizamos las múltiples violencias que seguimos padeciendo las mujeres en el siglo XXI, deseo detenerme en una forma persistente y normalizada de violencia: la discriminación laboral y la brecha salarial.
¿Sufrimos las mujeres discriminación en el ámbito laboral? ¿Es esto una realidad o un mito sin fundamento? ¿Por qué se niega la desigualdad de género en el ámbito laboral cuando los datos muestran, de manera contundente, lo contrario?
Según diversas estadísticas de ONU Mujeres, aunque la inserción laboral de las mujeres ha aumentado, seguimos concentradas en empleos menos estables, peor remunerados y con escaso acceso a protección social y condiciones de trabajo decente. En Costa Rica, según la Encuesta Continua de Empleo (mayo–julio 2025), el 58,4% de las mujeres en edad de trabajar no forma parte de la fuerza laboral, un dato que evidencia una exclusión estructural.
Por otra parte, aunque la mayoría de las personas graduadas universitarias en el país (alrededor del 64%, según estudios de la Universidad de Costa Rica y CONARE) son mujeres, esta preparación no se traduce en poder, liderazgo ni mejores oportunidades. De acuerdo con el BID y la OCDE (2024), solo un 15% de los puestos de alta dirección en Costa Rica está ocupado por mujeres. Esta tendencia se replica en la región: en otros países latinoamericanos la cifra no supera el 22,4%, y disminuye aún más en empresas grandes.
¿Por qué ocurre esta desigualdad?
Entre los factores claves que dificultan el acceso de las mujeres a puestos de liderazgo destacan:
- La persistencia de estereotipos de género que asocian la autoridad y la racionalidad con figuras masculinas.
- La sobrecarga de trabajo doméstico y de cuidados, que sigue recayendo desproporcionadamente sobre las mujeres. Esto limita nuestra disponibilidad y desarrollo profesional.
- La “doble jornada”, que combina trabajo remunerado con trabajo de cuido no pagado.
- El impacto de la pandemia, que profundizó brechas: muchas mujeres abandonaron estudios, empleo o carrera profesional para asumir cuidados familiares no remunerados.
En consecuencia, para las mujeres trabajar significa enfrentar mayor riesgo de no ser contratadas, realizar jornadas dobles o triples, asumir cargas mentales enormes y, además, enfrentar la brecha salarial, que implica recibir un pago menor por funciones equivalentes. Todo esto perpetúa una cultura organizacional masculina, que sigue siendo la norma en la mayoría de los espacios laborales.
La jurista feminista Alda Facio lo expresó con lucidez desde 1987:
“El trabajo remunerado está concebido para quien no tiene que cuidar niños/as, personas enfermas o ancianas, y además tiene alguien que le brinde servicios en la esfera doméstica… Si una persona se desempeña en el mercado laboral en otras condiciones (como la gran mayoría de las mujeres), sufrirá desgaste físico y fatiga mental, y si encima recibe menor paga y es hostigada sexualmente, esta discriminación convierte el trabajo en un instrumento de sojuzgamiento”.
Esta sigue siendo la realidad cotidiana de miles de mujeres, jóvenes y adultas, cuya experiencia confirma lo que los datos ya señalan: la inserción laboral para las mujeres continúa siendo un enorme desafío.
A pesar de ello, sorprende cómo muchas personas insisten en negar la desigualdad: “eso era antes”, “ya trabajamos como iguales”, “aquí no pasa”. Estas respuestas reflejan un sesgo de género, un sesgo cognitivo que dificulta reconocer las evidencias incluso cuando son claras. Negar la desigualdad laboral y salarial no solo carece de fundamento, sino que desacredita a quienes la niegan frente a datos que hablan por sí solos.
A nivel mundial, por cada dólar que gana un hombre, una mujer recibe 77 centavos. Y al ritmo actual, tomará alrededor de 70 años cerrar esta brecha.
Por eso, insistir en un trabajo justamente remunerado es fundamental. El empoderamiento económico de las mujeres es clave para revertir desigualdades históricas. Cuando más mujeres accedan a puestos de liderazgo remunerado, no será solo justo: será beneficioso para toda la sociedad.
Para concluir, invito a una reflexión profunda:
- ¿Cómo hemos vivido esta desigualdad en carne propia?
- ¿Por qué es tan importante seguir hablando de este tema?
- ¿Qué ocurre si no hacemos nada?
- ¿Cuáles son los retos más urgentes?
- ¿A qué acciones podemos comprometernos como personas, empresas y organizaciones?
Reconocer la desigualdad es el primer paso. Transformarla, la tarea que nos convoca.